Historia
27 de ago de 2026
Las sanciones de Washington contra Irán chocan con las líneas rojas de China
Estados Unidos está intensificando la presión económica sobre Irán, pero China se niega a abandonar su comercio petrolero con Teherán. El enfrentamiento pone de manifiesto tanto el alcance como los límites de las sanciones, así como el riesgo de una confrontación más amplia entre Estados Unidos y China.
Washington intenta convertir la presión económica en un arma decisiva contra Irán, pero su campaña se topa con un obstáculo formidable: la negativa de China a permitir que Estados Unidos dicte sus relaciones comerciales.
La administración Trump afirma que las nuevas sanciones cortarán las redes financieras que sostienen a Teherán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, describió la iniciativa como una «ofensiva económica» diseñada para cortar «toda vía de subsistencia económica» de Irán, al tiempo que advirtió que las entidades que gestionen fondos iraníes podrían ser expulsadas del sistema del dólar.1 El objetivo de este enfoque es obligar a los países a elegir entre el acceso a los mercados estadounidenses y la continuidad del comercio con Teherán.
Sin embargo, Pekín rechaza esa elección. China es el principal comprador de petróleo de Irán, y sus refinerías independientes adquieren crudo con descuento a través de redes opacas de transporte y pago. Aunque la presión estadounidense ha reducido las importaciones —de aproximadamente 1,57 millones de barriles diarios en febrero a 534.000 en agosto—, las sanciones anteriores han hecho poco por detener el flujo general.2
Los funcionarios chinos presentan la disputa como una cuestión de soberanía y legalidad, no de cumplimiento de sanciones. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Lin Jian, afirmó que la cooperación con Irán «siempre se ha llevado a cabo dentro del marco del derecho internacional» y que no debe ser «interferida ni perturbada».3 Pekín también ha amenazado con adoptar «todas las medidas necesarias» para proteger sus intereses, lo que plantea la posibilidad de represalias contra instituciones financieras estadounidenses o las exportaciones de minerales críticos.
Por tanto, ambas partes coinciden en un punto —que las sanciones tienen consecuencias—, pero extraen conclusiones opuestas. Washington considera el aislamiento económico un sustituto de la escalada militar y una vía hacia la capitulación iraní. China e Irán lo describen como coerción e insisten en que la presión provocará resistencia, no rendición. La cautela estadounidense ya es visible: Washington evitó sancionar a los principales bancos chinos, y Bessent preguntó: «¿Por qué querría hacer estallar el sistema financiero mundial?».3 El resultado es una campaña que podría estrechar el margen de maniobra de Irán y, al mismo tiempo, ampliar la confrontación que pretendía contener.